sábado, 10 de diciembre de 2011

Gemelos



Me encuentro con el mundo,
no vivo en él.

Me dice que le duelen las personas,
yo le confío que me dan impotencia:
más nos acompañamos.

Esgrime que cada enojo nuestro
es un alfiler atravesándole el ombligo,
desgranándolo.

Somos ignorantes, le digo, insensatos también
y además necesitamos guía.
“No, sólo es tiempo”, defiende.

Y luego la indiferencia: ése no sentir al otro
o sentirlo tajado de uno ahogado de todo;
línea sin paralelo que anda expósita
y prefiere la cerrazón como morada,
ciega a voluntad.

El otro dejó de ser nosotros.
Humano ser, sin ser humano.
Prefiere llamarlo huelga del sentido fraterno:
déficit para reconocerte en el otro, espejo de papel;
bancarrota de sentir el Todo como propio,
faltándote en la bolsa del pantalón …

Se siente caído desde adentro,
como no funcionándole la vida,
arrastrada por estas partes que no se responden,
que no se buscan, asincrónicos a una misma función,
la de concatenar esta inmensidad que se desborda hacia dentro,
hacia sí misma: nosotros.

Qué se siente ser síntoma. No tuve respuesta;
cuando produces enfermedad en otra parte,
nunca hay aliento, sólo lamento:
más nos acompañamos.

Este nicho de soles apela a que volteemos
hacia esta siamitud que nos sutura hebra por hebra,
dermis por dermis, hasta dejarnos gemelos.

Sabernos todo en Uno,
no la unidad en sí mima,
a riesgo de soledades.



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